La resiliencia es una habilidad fundamental que todos necesitamos para alcanzar nuestras metas y superar las adversidades. La práctica de mindfulness nos ayuda a desarrollarla.

Qué es resiliencia

Dice el refrán que “nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena”. Quizás por este motivo, una consecuencia del Covid-19 es que ha conseguido popularizar la palabra “resiliencia”. Pero ¿qué es exactamente resiliencia? ¿Y por qué es importante?

Hay distintas definiciones de resiliencia y todas ellas coinciden en que un aspecto fundamental de la resiliencia está relacionado con la capacidad de recuperarse fácilmente de la adversidad.

Sin duda la resiliencia es fundamental cuando la vida nos golpea con fuerza, cuando parece que todo se derrumba. Desgracias que en mayor o menor medida todos debemos afrontar en determinados momentos de nuestra vida, ya sea a causa de circunstancias personales (la muerte de un ser querido, un divorcio, un despido, una enfermedad, un accidente, un revés económico), o colectivas (una guerra, una crisis económica, una catástrofe, una pandemia).

Pero también necesitamos resiliencia en situaciones menos dramáticas: ante un fracaso profesional o personal, ante un proyecto en el que hemos invertido ilusión, tiempo y esfuerzo, y no sale bien. O sencillamente cuando nos ahogamos en un vaso de agua, o cuando nos sentimos desbordados o desmotivados por nuestro trabajo.

Y por último diré que, paradójicamente, la resiliencia es también a veces necesaria ante un éxito, como por ejemplo cuando conseguimos una importante promoción profesional que, por un lado, nos hace mucha ilusión pero, por otro, nos plantea todo tipo de desafíos. O cuando te toca la lotería y te sientes desbordado y estresado porque no sabes qué hacer con el dinero. (Si este es tu caso, no dudes en ponerte en contacto conmigo. ¡Seguro que podré ayudarte!)

En definitiva, bromas aparte, la resiliencia es algo que de una manera u otra necesitamos todos los días, ya que está íntimamente relacionada con nuestro bienestar y con nuestra capacidad de vivir una vida plena y satisfactoria.

Mindfulness: el fundamento de la resiliencia

Mindfulness consiste básicamente en prestar atención de forma intencionada al momento presente sin juzgar, con curiosidad y amabilidad.

Una práctica clásica de mindfulness consiste en utilizar la respiración para anclar la atención al momento presente dirigiéndola a las sensaciones que produce la respiración en el cuerpo. Parece fácil, pero no lo es, porque la mente humana tiene una fuerte tendencia a incurrir en distracciones y, cuando queremos darnos cuenta, descubriremos que llevamos un buen rato pensando en cualquier cosa: lamentando algo que ha ocurrido en el pasado, preocupándonos sobre algo que puede ocurrir (o no) en el futuro, fantaseando sobre cualquier tema, o criticando ferozmente a alguien (que quizás se lo merece). En ese momento en que nos damos cuenta de la distracción, la práctica de mindfulness consiste sencillamente en redirigir la atención a la respiración con firmeza y, sobre todo, con amabilidad, evitando alimentar pensamientos de frustración o de autocrítica.

¡Buen trabajo! Tu atención está de nuevo donde habías decidido ponerla: en la respiración… Pero por poco tiempo: no tardará en quedar de nuevo atrapada en pensamientos. Y tendrás que traerla de nuevo al momento presente. Y así una y otra vez, sin desfallecer, sin impacientarte, sustituyendo la autocrítica por la curiosidad, sin perder el buen humor.

Así pues, como bien señala Sharon Salzberg, esta sencilla práctica de dirigir la atención a la respiración es en sí misma una práctica de resiliencia: nos enseña a perseverar, nos enseña que cada momento es una nueva oportunidad de volver a empezar.

Pero la contribución de mindfulness al desarrollo de la resiliencia va mucho más allá, ya que no sólo es en sí misma una práctica de resiliencia, sino que también contribuye a cultivar otros componentes fundamentales de la resiliencia, como veremos a continuación.

Gestionando las emociones

No es exagerado afirmar que las emociones desempeñan un papel protagonista en cualquier situación que ponga a prueba nuestra resiliencia. Ante una amenaza sentiremos miedo o ira; ante la incertidumbre, ansiedad; ante un fracaso, tristeza, frustración, enfado o remordimientos. En general, todos los retos y dificultades suscitan emociones, a veces muy intensas, que podemos aprender a gestionar eficazmente. Y es importante destacar que estamos hablando de “gestionar”, no de suprimir ni de ignorar las emociones. Suprimirlas es imposible: forman parte de nuestra biología. Ignorarlas no es sensato, porque las emociones son una importante fuente de información; y además, por mucho que intentemos ignorarlas, van a seguir estando ahí, condicionando nuestro comportamiento.

Las emociones son resultado de la evolución y han jugado un papel fundamental en la supervivencia de la especie. No obstante, es importante entender que estaban mucho mejor adaptadas a las condiciones de vida que imperaban en la prehistoria que a las actuales. Por este motivo, muchas veces las emociones nos pueden llevar a comportarnos de manera desproporcionada, o incluso de todo punto inadecuada. De ahí la importancia de aprender a gestionar las emociones.

La gestión emocional es un tema de gran envergadura, y no es posible darle toda la amplitud que merece en este artículo. Me limitaré a señalar que el primer paso consiste en darnos cuenta, reconocer y aceptar la presencia de las emociones lo antes posible. Esto parece obvio, pero no lo es. Normalmente las emociones nos atrapan y nos hacen reaccionar de una determinada manera, y sólo más tarde nos damos cuenta (a veces con estupor) de lo que hemos hecho o dicho, cuando ya es irremediable. Sólo desarrollando la capacidad de darnos cuenta de nuestras emociones en el momento en el que aparecen tendremos una oportunidad de elegir conscientemente nuestras acciones, de responder en vez de reaccionar, de afrontar las dificultades de manera proporcionada.

Y es precisamente la práctica de mindfulness la que nos facilita tomar conciencia de las emociones y aceptarlas sin quedar atrapados en ellas, creando un espacio mental de claridad y serenidad que nos permite hacer o decir lo correcto, tomar la decisión adecuada y en definitiva ser más resilientes.

Cuidando de uno mismo con autocompasión

Una de las contradicciones más desconcertantes en la que incurrimos a menudo los seres humanos es que, buscando teóricamente nuestro propio beneficio, nos autoinfligimos todo tipo de malos tratos: dormimos poco, comemos mal, trabajamos demasiado y nos autocriticamos con dureza.

La educación que hemos recibido muchos de nosotros desde niños, y la cultura predominante en muchas empresas y organizaciones, está todavía demasiado basada en la amenaza, el miedo y el castigo. Por este motivo hemos interiorizado la creencia de que, si queremos superarnos y “triunfar” en la vida, debemos ser duros con nosotros mismos. De lo contrario quedaremos a merced del capricho, la indisciplina y la pereza. Es un tipo de motivación basada en el miedo y en la áspera autocrítica. ¿Pero realmente no hay otra manera de motivarse?

Afortunadamente sí. Esta otra manera se llama autocompasión, y es una palabra que se presta a malentendidos. Que quede claro que autocompasión no significa victimismo, ni instalarse en la queja y la lamentación (¡pobre de mí!, ¡sólo a mí me ocurren estas cosas!, ¡sólo yo sufro!), ni autoflagelarse (¡por qué soy tan idiota!). La autocompasión consiste sencillamente en tratarte con amabilidad: como tratarías a un buen amigo.

Ya oigo las protestas de los partidarios de la mano dura: pero si te tratas con amabilidad acabarás siendo un blandengue, no serás competitivo; serás un fracasado. Pero no es así, un estudio realizado en la Universidad de California en Berkeley indica que, paradójicamente, la autocompasión es una estrategia más efectiva para automotivarse que la autocrítica. Y no es difícil entender el motivo. Si cada vez que fallas te sometes a una severa autocrítica, tendrás miedo de volver a intentarlo. Pero si te tratas con amabilidad, reconociendo que las dificultades y el sufrimiento son una parte inevitable de la vida de todos los seres humanos, reconociendo que todo fracaso es en realidad un aprendizaje, entonces no te costará levantarte y volver a intentarlo.

Recargando pilas

Acabamos de ver que la autocompasión nos ayuda a afrontar con eficacia las dificultades. Pero afortunadamente en la vida no todo son dificultades; también hay muchos momentos buenos.

Pero (tal vez estés pensando) la resiliencia tiene que ver con los momentos malos, no con los buenos, ¿no es así?

Bueno, no estoy del todo de acuerdo con esta afirmación. Creo que disfrutar de los buenos momentos de la vida nos permite “recargar pilas”. Los buenos momentos nos reconcilian con la vida: tienen un impacto positivo y un efecto acumulativo en nuestra sensación de bienestar y en nuestro estado de ánimo. Y por lo tanto nos ayudan a afrontar mejor los momentos malos, cuando llegan. Resumiendo, la capacidad de disfrutar de los momentos buenos también fortalece nuestra resiliencia.

Creo que muchos de nosotros reconocemos que el momento presente es lo único que realmente existe (el pasado ya se ha ido, y el futuro no ha llegado). Sin embargo, los humanos, como maestros que somos de la paradoja, aun sabiendo que la vida sólo existe en el momento presente, vivimos con frecuencia de espaldas a él, lamentando el pasado o preocupándonos por el futuro y perdiéndonos de esta manera las cosas buenas que la vida nos ofrece en el momento presente.

Por suerte, de nuevo aquí la práctica de mindfulness acude en nuestro rescate, permitiéndonos disfrutar de los momentos buenos que pasan desapercibidos cuando estamos en piloto automático, con nuestra atención desconectada del momento presente.

Y los momentos buenos no son necesariamente grandes acontecimientos. Afortunadamente disponemos de ilimitadas oportunidades para disfrutar de la belleza: una puesta de sol, una obra de arte, el roce del aire fresco en la piel, una sonrisa, una conversación, un paisaje, el canto de un pájaro…

Compensando la tendencia a la negatividad

Si existimos es porque nuestros antepasados daban más importancia a las amenazas y a las experiencias negativas que a las positivas. Desde un punto de vista evolutivo, esta tendencia a la negatividad fue determinante para la supervivencia de la especie en tiempos prehistóricos. Y aunque hoy en día esta estrategia ya no es tan útil (salvo en situaciones excepcionales), nuestro cerebro sigue siendo fiel a ella, ya que no ha tenido tiempo de cambiar y adaptarse mejor al nuevo mundo que los humanos hemos creado en unos pocos miles de años, un lapso de tiempo extremadamente breve en términos evolutivos. Es por este motivo que la mayoría de los seres humanos tenemos una notable tendencia a la negatividad, lo que con frecuencia debilita nuestra capacidad de resiliencia, y es causa de conflictos y sufrimientos innecesarios. ¿Pero podemos hacer algo al respecto?

En efecto: podemos cultivar el optimismo. Pero ojo, esto no significa pasar al extremo opuesto de pensar que «todo saldrá bien», como por arte de magia. No estamos hablando de ignorar o despreocuparnos irresponsablemente de los problemas o de las amenazas, sino de ser capaces de ver las cosas con mayor objetividad. ¿Cómo podemos hacer esto?

Todo empieza por ser capaces de darnos cuenta de nuestra tendencia a la negatividad descubriendo las historias que nos contamos a nosotros mismos, es decir, tomando conciencia de nuestros pensamientos. De nuevo aquí la práctica de mindfulness es de gran ayuda, ya que nos permite observar con curiosidad y amabilidad nuestros pensamientos, y de esta manera nos iremos dando cuenta de algo muy importante: que no somos nuestros pensamientos. Lo que significa que no tenemos por qué identificarnos con ellos, y podemos cuestionarlos: ¿hasta qué punto son verdaderos o útiles? ¿puedo ver las cosas de otra manera? ¿qué es lo que realmente necesito o puedo hacer?

Así pues, vemos que este es otro camino a través del cual la práctica de mindfulness nos ayuda a reforzar nuestra resiliencia: tomando consciencia de nuestra tendencia a la negatividad, y haciendo posible que actuamos con mayor sabiduría y objetividad.

Conclusión

Mindfulness es una herramienta fundamental para cultivar la resiliencia. Y ello no sólo se debe a que la práctica de mindfulness ya es en sí misma un práctica de resiliencia, sino también a que nos permite desarrollar un abanico de habilidades que tienen un impacto positivo en la resiliencia, tales como la gestión de las emociones, el cultivo de la autocompasión, la capacidad de disfrutar de los buenos momentos de la vida, y la de compensar nuestra tendencia a la negatividad.

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